lunes, 1 de agosto de 2011

Secreto entre amigos


“La Revolución ya no es más que un sentimiento.”

Pier Paolo Pasolini

Hoy me doy licencia, me sirvo un whisky on the rocks y empiezo a escribir. Quizás, por ser el tercer hijo me toco la sensibilidad, como los terceros hijos de los cuentos folklóricos alemanes y lo que voy a contar también es un cuento folklórico, con magia, con situaciones absurdas, quizás un poco atroz en el fondo.

Me peleé con Ezequiel, quizás definitivamente. Uno nunca sabe, la bondad y ética que tengo por ser tercer hijo me impide robar. Y quizás varios robos hay en medio de esta historia.

Ahora son las tres de la tarde. Estoy exhausto después de haber comido un guiso y tomarme unos mates con bizcochitos. Me decido. Voy. Me pongo la mejor ropa y me voy a Open Door. Tomo el colectivo. Misteriosamente tarda muy poco. Leo en el viaje un poeta olvidado. No miro el paisaje.

Bajo en el centro comercial de Open Door: un lugar de dos o tres cabañitas una pegada al lado de la otra. Nada más. La estructura me hace acordar al centro comercial que hay a la entrada de Sierra de los padres.

Ahí me espera un chico de 23 años, campera violeta, jeans tiro bajo que parece que todo el tiempo están cayéndose. Este es el secreto: ese amigo ahí esperándome. Primera visita. Y quizás hablamos toda la tarde como si nos conociésemos de toda la vida.

Llego a la casa y tengo el miedo de que sea un perverso más. Miro las manos, manos gigantescas y pienso en Laura: “Si tenes manos grandes no sos perverso”. Me tranquilizo. Hablo, hablo mucho. Tomamos pavas y pavas de mate en una habitación venida abajo, en una casa venida abajo. La pintura intenta disimular el ambiente atroz que se vive en la casa. Una cama de dos plazas, un colchón doblado en dos a modo de puf, duendes y atrapasueños colgados del techo. El techo sólo tiene las chapas, las maderas las sacó ese chico que me está conociendo, sin embargo, no hace frío. Estoy en pulóver, ese pulóver que compré en Capital, tan a la moda en ciertas coordenadas, tan frívolo. Hablamos y hablamos. No paramos de hablar y tomar mates.

Aparece su madre y su hermana con facturas. Saludo, como se debe. La madre le dice: “tiene tonada ¿es brasilero?”. “Mi mamá no entiende nada” me dice. Le propongo ir a tomar unos mates a una plaza. Me retruca: “La plaza está llena de gente, vayamos al basural”.

A pesar de que uno se imagina un basural con basura, me llevo a un lugar donde había cuatro pinos en hilera. Todo el campo alrededor era un campo de cardos que, en el intermedio de los mundos, en el crepúsculo, se tornaban pequeñísimos pomponcitos uno al lado del otro. Nos sentamos en el último pino, seguimos tomando mates y comiendo facturas. Hablamos, no me acuerdo bien de qué, pero pude lograr una sonrisa. Jugamos a la pulseada china.

En un momento de silencio lo miro y le digo: “éste es un lugar para sellar pactos de sangre” recordando el principio de la novela IT de Stephen King, cuando los niños sellan un pacto de sangre haciéndose un breve corte en el dedo índice, pero esto no se lo digo, no quiero pasar por intelectual, quiero lo simple, lo bueno. Lo que sí le comento es cómo se ven los últimos rayos de sol y cómo los cardos forman un manto de pompones.

Le pido que me dé la mano. Nos tocamos las manos, las tiene frías, y las mías, a pesar del frío son fuego. Me dice que mis manos son suaves. Nos soltamos para que él pueda seguir tomando mates. Habla de un duelo, lo entiendo.

El tiempo pasa y el intermundo se va acabando para dar lugar a la oscuridad. Veo que mi celular tiene 17 mails y me doy cuenta que dejé el tiempo en Luján. Le digo que tengo que volver. Antes, le pido una última cosa: “dame un abrazo”. Nos damos un abrazo y volvemos caminando para la parada de colectivos.

Subo al colectivo y quiero llorar pero no me sale. En el fondo, un tipo escucha cumbia. El colectivo es con boletos como había antes y se paga con billetes, no con monedas… Miro sin mirar, aunque no estoy muerto. Empiezo a pensar que tengo que escribir todo lo que pasó en esta tarde. Llego a mi casa, me doy una licencia y me sirvo un vaso de whisky on the rocks.

2 comentarios:

  1. Es cierto, soy la tercer hija y nacemos con eso de la sensibilidad

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